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Monday, 22 April 2013

El personaje


La luz alumbraba la habitación desde un hueco en la persiana, como si fuera un foco, enfocándose en el aire  inmóvil y polvoriento. Un hedor tibio y viciado llenaba el espacio, el suelo tirado de ropa. Juan le dio vuelta en su cama, las sábanas sudadas pegadas a su fibroso cuerpo y emitió un bostezo perezoso. Todo fue callado excepto del ‘tictac’ del reloj y el murmullo lejano del tráfico que le recordaba de la presencia de otras personas en el mundo más allá de la de su habitación.

Las tres por la tarde. 

Se levantó de la cama y caminó el pequeño apartamento lúgubre y húmedo para hacerse un vaso de agua. La engulló con gusto.

"¿Juan?" Una chica gimió.

Un relámpago de una sonrisa pasó deprisa en sus labios delgados y volvió a su guarida. Unos ojos grandes, verdes con manchitas pequeñas de marrón le miraban con esperanza, los marrones rizos desgreñados de su pelo cayendo en las arrugadas sábanas blancas, sus labios engordados y enrojados de sus mordisquitos. Acariciaba con su dedo largo la piel suave, siguiendo la curva voluptuosa del cuerpo de una mujer, finalmente ahuecando la gordura infantil de su trasero.

"Preciosa" siseaba con deseo, una pasión dormida de ser escapando para el momento.

Sunday, 14 April 2013

C'est la vie

Mi jefe era un hombre ruidoso y ofensivo, un tipo que te prepararía una bebida dos veces más fuerte y te apresura beber con sus juegos de beber estúpidos para que al fin de la noche todos estuvieran tan borracho cómo él. No nos ponía mucha atención cuando estaba sobrio, pero cuando había  bebido, gruñiría agresivamente chistes maleducados a todas las mujeres. Sabíamos cuando deberíamos evitarle. Dice la gente que una vez sus vecinos le sacarían de su apartamento por llegar a casa a las dos de la madrugada, gritando para que sus niños salieran para beber con él. Pero a pesar de qué calidad de resaca tuviera, siempre llegaría primero a la oficina cada mañana, y nadie podría disputar que él no era el mejor, brillante con respecto al trabajo.
 

En casa, cuando le tenía en mis brazos, él me acariciaría el pelo y yo le inhalaría y le agarraría fuerte. Aquí le vi claramente. Su pequeñez. Su tristeza. Sentí su dolor de la pérdida de su niño que nunca había conocido y nunca iba a conocer. Sus lágrimas por algo más que todo que había gastado peleando por él, la decisión del tribunal y la pérdida de sus esperanzas. Su sufrimiento tenía sus raíces en algo menos lógico, en el remordimiento y un sentimiento de responsabilidad mal puesta.  En un giro inesperado, la chica le había usado para tener una familia con su novia, el nacimiento de una familia destruyendo las esperanzas de una otra.

El Payaso

En un pueblo, cerca de las montañas vivía un payaso. Delgado y con una sonrisa descarada que no revelaba su edad, andaba balanceándose al escenario con un bastón rayado. Nunca se había casado, pasando su vida perfeccionando su arte. "Soy artista de la vida" diría.
Su apartamento era uno de aquellos en el centro, en la calle que en cada Semana Santa se volviera en el anfitrión de la comunidad. Desde su balcón, podía ver todo lo que pasaba en la plaza central.
"Por favor Señor, ¡hazlo para que Chiqui pueda ver!" Una colección de niños le estaban esperando. Con una pipa en su boca, el payaso los daba un espectáculo de colores con sus bolas de malabares sentado en su monociclo. Los vecinos, desde abajo, le gritaban un saludo:"¡Cómo estas hermano!"
Pero un día, los niños abajo empezaban a experimentar con unas cerillas. Todas se habían terminado en fallos y sólo con la última cerilla alcanzaban al éxito. Rápidamente, habían sacado todo el papel que tenían en sus mochilas para 'guardar' el fuego. En el ardiente sol y el sediento viento, el fuego empezaba primero a lamer el suelo, hasta que poco a poco había consumido la puerta destartalada. Los niños miraron en silente asombro, recordando su temor con los gritos de los vecinos. Ya las llamas habían desaparecido al dentro del edificio, la única pista que revelaba que todavía estaban, fue la masa nublosa de humo sucio saliendo de las ventanas arriba.
Aunque los bomberos trabajaron valientemente, y las abuelas hicieron los rezos con sus rosarios, las llamas le dejaron su marca en el cuerpo del payaso con una pierna amputada y la piel roja y despellejada de su cara. “Va a oscurecer y sentir ceñido. Pon crema para mejorarla” Le dijo el médico lamentablemente. "Sin embargo, Dios te ha dado un milagro."

El pueblo le ayudaba mudar de casa, a una en el primer piso bastante cerca a la otra. "¡Qué ricas son las flores aquí!" Dijo uno, "Pipo, ¡no olvides de darlas agua!"
Pasaban meses y ya se estaba instalando allí. Ya no podía trabajar como payaso y se sentaba mucho tiempo en su patio fumando su pipa. Los niños ya no le buscaron para entretenerse, "Mamá, tengo miedo, no quiero que me coma". Tampoco le visitaban tanto los vecinos.
Él no estaba acostumbrado a no hacer nada.
"Invéntate algo" Se empujó a sí mismo, tragando una copa.
Empezó a escribir, sus representaciones físicas convirtiéndose en representaciones de obras.
Una vez, escuchó a unos vecinos hablando de él:
"Pipo ha cambiado, ¿no lo piensas?”
"Por supuesto, hombre, se lo ha perdido todo."
De oír eso, pensó un poco, no se sintió ofendido. "Os estáis equivocando" Pensó con calma. "La única cosa que perdí fue mi fachada".