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Sunday, 14 April 2013

C'est la vie

Mi jefe era un hombre ruidoso y ofensivo, un tipo que te prepararía una bebida dos veces más fuerte y te apresura beber con sus juegos de beber estúpidos para que al fin de la noche todos estuvieran tan borracho cómo él. No nos ponía mucha atención cuando estaba sobrio, pero cuando había  bebido, gruñiría agresivamente chistes maleducados a todas las mujeres. Sabíamos cuando deberíamos evitarle. Dice la gente que una vez sus vecinos le sacarían de su apartamento por llegar a casa a las dos de la madrugada, gritando para que sus niños salieran para beber con él. Pero a pesar de qué calidad de resaca tuviera, siempre llegaría primero a la oficina cada mañana, y nadie podría disputar que él no era el mejor, brillante con respecto al trabajo.
 

En casa, cuando le tenía en mis brazos, él me acariciaría el pelo y yo le inhalaría y le agarraría fuerte. Aquí le vi claramente. Su pequeñez. Su tristeza. Sentí su dolor de la pérdida de su niño que nunca había conocido y nunca iba a conocer. Sus lágrimas por algo más que todo que había gastado peleando por él, la decisión del tribunal y la pérdida de sus esperanzas. Su sufrimiento tenía sus raíces en algo menos lógico, en el remordimiento y un sentimiento de responsabilidad mal puesta.  En un giro inesperado, la chica le había usado para tener una familia con su novia, el nacimiento de una familia destruyendo las esperanzas de una otra.

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